


Un espacio de pastillitas literarias latinoamericanas.
Listen to Pastillitas literarias del Rabdomante-un fin de semana by luzbolo gimenez MP3 song. Pastillitas literarias del Rabdomante-un fin de semana song from luzbolo gimenez is available on Audio.com. The duration of song is 08:39. This high-quality MP3 track has 154.417 kbps bitrate and was uploaded on 14 Apr 2024. Stream and download Pastillitas literarias del Rabdomante-un fin de semana by luzbolo gimenez for free on Audio.com ā your ultimate destination for MP3 music.










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This is a podcast episode called "Pastillitas Literarias de Rablomante" where the host talks about Latin American culture and shares short literary fragments. The story discussed is called "Un fin de semana" by HĆ©ctor JimĆ©nez. It explores the pressure to conform to societal standards of beauty and the impact it can have on self-esteem. The protagonist, Griselda, struggles with her weight and falls in love with a boy named MartĆn. However, due to her insecurities, she misunderstands his feelings for her. Griselda indulges in food and suffers a crisis that leads to her death. The story highlights the oppressive influence of societal beauty standards and encourages self-acceptance. Buenos dĆas, buenas tardes y buenas noches, cuando sea que escuches este podcast, bienvenidos y bienvenidas a Pastillitas Literarias de Rablomante, un espacio donde la cultura latinoamericana es respetada y recordada y recogida con pequeƱas pastillitas literarias, pequeƱos fragmentos que tienen un mensaje o una forma de recordar de donde venimos y lo que nos importa, un nuevo capĆtulo. Hoy vamos con un cuento de HĆ©ctor JimĆ©nez, mi padre, escrito allĆ” por el 1998, mira se ha corrido agua, sin embargo tiene algo muy actual que es la dictadura de la estĆ©tica y cómo nos relacionamos y que hoy estĆ” muy crudo en un mundo donde hay que ser casi perfecto. El cuento se llama Un fin de semana y espero que les guste, si te querĆ©s morir seguĆ comiendo como hasta ahora, el doctor Cataldi fue duro, durĆsimo, en los aƱos que lo conoce nunca lo habĆa visto tan enojado, no cumpliste los 33 y tenĆ©s 300 de glucemia, se puede saber quĆ© tengo que hacer para que me des bola, quĆ© tengo que hacer para asustarte, Griselda le puso su mejor sonrisa y trató de ser solemne, te juro doctor que voy a hacer el rĆ©gimen, eso ya lo dijiste varias veces, pero estĆ”s en 85 kilos, tenĆ©s que bajar 30, haz este rĆ©gimen, le ordenó garabateando en una hoja mimeografiada y volvĆ© solo cuando logres bajar 5 kilos, la severidad del viejo doctor no logró empaƱar el tosudo buen humor de Griselda, que por aƱadidura estaba enamorada, salió del consultorio con la hoja en la mano y una sonrisa como de sorpresa en los labios, Griselda es hermosa, de grandes ojos negros embellecidos por unas enormes pestaƱas, boca grande y atractiva y una nariz algo grande y perfecta, su cuerpo es grande y bien formado, claro que es gordita, pero muchos hombres se dan vuelta a mirarla, lĆ”stima esa diabetes maligna, llevan dos meses preparando una materia pesada con Laura, su compaƱera de siempre y MartĆn, un chico que ademĆ”s de cursar junto a ellas, resultó ser vecino del edificio, estudian horas en la casa de alguno y luego salen a caminar por corrientes, revolver librerĆas o tomar un cafĆ©, ella adora a ese chico flaquito y alto, de grandes ojos verdes y mirada dulce, la chica observó pequeƱos indicios cuando rĆen de algo, Ć©l la toca con delicadeza en un brazo, si caminan las dos chicas se cuelgan de los nervudos brazos del muchacho, mil seƱales le indican que MartĆn tambiĆ©n la ama, el hecho es que como andan siempre de a tres, Ć©l nunca le puede hablar, una noche Griselda resolvió tomar la iniciativa, al despedirse de Laura lo invitó a tomar un cafĆ©, sin preĆ”mbulos, le tomó la mano, lo miró a los ojos y le confesó su amor, su amor eterno, su deseo de unirse a Ć©l para siempre, su cariƱo incondicional, ocultó su sorpresa y se le escapó una risita estĆŗpida, Āæcómo me decĆs? No, claro, es que yo te quiero mucho gorda, pero Āæsabes quĆ©? Creo que no entendiste mi... No gorda, yo no... Griselda no abandonó su dulce sonrisa, le palmió la mano y le dijo, no te preocupes MartĆn, la que se equivocó fui yo, no gorda, no me entendĆ©s, estĆ” bien, estĆ” bien, dijo ella mientras llamaba al camarero, le dio un beso en la mejilla y salió, vagó sin rumbo por las calles que amaba, la media tarde caĆa dulcemente sobre Buenos Aires, hizo compras, entró a varias tiendas y cargadas de bolsas se encerró su apartamento, la noche del viernes envolvió a los solitarios, Griselda delicadamente organizó los paquetes, guardó algunos en la nevera y dejó sobre la mesa una botella de gaseosa grande y una bondeja de sĆ”ndwiches de miga, puso una pelĆcula en la video y se sentó en un sillón, comió lentamente con fruición, le encantaban los sĆ”ndwiches de jamón con mayonesa y tomate, mientras miraba una pelĆcula romĆ”ntica terminó con la gaseosa y con la bandeja, lloró un rato y se quedó adormilada en el sofĆ”, cuando despertó la pelĆcula habĆa terminado, se levantó y trajo un paquete de dulces cubiertos con chocolate y rellenos de crema pastelera, una nueva pelĆcula en la reproductora terminó con los 12 postres del paquete, la luz de la maƱana le hizo volver en sĆ, se levantó, prendió el horno donde calentó un par de pizzas y media docena de empanadas de carne, calentó un gran jarro de cafĆ© con leche y despacio dio cuenta de la nueva provisión, mientras encendió la radio con mĆŗsica del caribe, el padre la llamó varias veces pero cortaba de inmediato cuando escuchaba la odiosa mĆ”quina de aislarse como llamaba despectivamente al contestado grau automĆ”tico, Bricelda desenvolvió una torta de chocolate y dulce de leche y esta vez decidió regalarse con champĆ”n, el domingo por la tarde un impulso secreto empujó a su padre hasta el apartamento, encontró a su hija inconsciente rodeada de bandejas de cartón y botellas de gaseosa vacĆas, junto al doctor Gattaldi la llevaron de urgencia a la clĆnica pero todos los esfuerzos por sacarla de la crisis resultaron infructuosos, Bricelda murió el lunes por la maƱana la dictadura era estĆ©tica que nos obliga a ser perfectos, hermosos, los hombres podemos ser un poquito gorditos, las mujeres no, los hombres podemos envejecer, las mujeres no, los hombres podemos tener canas, es sexy, las mujeres no, esa dictadura patriarcal de la estĆ©tica condena a mucha gente a una baja autoestima, aprendamos a querernos, aceptarnos como somos y alguien nos mirarĆ” con otros ojos, con una mirada donde seamos aceptados como somos y ese encuentro serĆ” el que nos dĆ© la posibilidad de encontrarnos y ocupar un espacio en este mundo sin que nadie nos seƱale y sin que nadie nos obligue a ser de determinada manera, un cuento de mi viejo HĆ©ctor JimĆ©nez del aƱo 98, espero les haya gustado, buscaremos otros para nuevas oportunidades, muchas gracias.
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